La falta de infraestructuras y de servicios lastra la España vaciada. Los pequeños pueblos sobreviven sin Internet o sin bancos, pero necesitan médicos que atiendan a una población cada vez más envejecida. Esta creciente demanda la están cubriendo facultativos extranjeros, muchos de ellos procedentes de América Latina. El idioma juega a su favor. El venezolano Alexander Quezada, de 32 años, ejerce a 7.000 kilómetros de su tierra. Ocupa una plaza en el centro de salud de la localidad soriana de Arcón de Jalón (1.531 habitantes), donde comparte consulta con el ecuatoriano Carlos Sandoval y el hondureño Walter González, de 30 y 43 años, respectivamente. “La gente está muy agradecida por tener un médico”, cuenta Quezada.
Desde el centro de salud de Arcos de Jalón, en el vértice que une Soria con Guadalajara y Zaragoza, Quezada visita este lunes de finales de julio a Bienvenido Martínez en su casa en Monteagudo de las Vicarías (169 habitantes). Le toca hacer la ronda y desplazarse a los pueblos de alrededor.
— Bienvenido, hay que moverse más — aconseja al hombre de 94 años.
— De joven, corría mucho, pero delante de las porras de la policía — bromea Martínez. Su hermana Marifer saluda con familiaridad al médico, que la atendió hace un par de meses por una mordedura de garrapatas.

Los extranjeros representan un 10% de todos los médicos que ejercen en España. La Organización Médica Colegial (OMC) calcula que son más de 30.000. La gran mayoría son extracomunitarios, principalmente venezolanos, colombianos y cubanos. Muchos ocupan plazas en la España rural. Y la situación irá a más cuando una cuarta parte de la plantilla de Medicina Familiar y Comunitaria se jubile en los próximos 10 años. Castilla y León es una de las tres comunidades donde el porcentaje de los facultativos con edades a partir de 55 años es mayor. Soria, símbolo de la España vaciada, sufre también la dispersión territorial. Registra una de las cifras más bajas de médicos activos por kilómetro cuadrado de superficie: 0,05 frente a la media nacional de 0,55.
El gran problema para muchos médicos foráneos es la dificultad para homologar sus títulos. Quezada planea cursar el MIR, un programa de residencia de hasta cinco años a través del cual los médicos son asignados a hospitales y centros de salud según los resultados de una prueba nacional. Antes de emigrar a España, Quezada estaba en proceso de especializarse en cirugía pediátrica. Trabajó dos años para el Estado tras terminar sus estudios, como establece la normativa venezolana. Lo hizo en un hospital de Trujillo, donde pasó seis meses en traumatología, otros seis en emergencias y un año en urgencias de pediatría. Llegó a España en noviembre de 2022, pidió la residencia por razones humanitarias y durante los nueve meses que tardó en homologar su título de médico general trabajó como camarero en Soria.
Una vez completado este trámite, ejerció como médico en el privado Hospital Latorre y en marzo de este año se incorporó al sector público. Es la primera vez que practica la medicina rural y dice que le gusta más que su experiencia en las ciudades “por la tranquilidad y la relación directa con los pacientes”.
Ante la falta de profesionales, las comunidades autónomas han optado por cubrir las plazas con colegiados que no tienen la certificación de Medicina Familiar y Comunitaria, requerida para trabajar en la sanidad pública, según el representante de la asistencia rural de la OMC, Jesús Rodríguez. El sistema MIR abre cada año el mayor número de vacantes para esta especialidad, unas 2.508 plazas, que representan el 27% del total ofertado en 2025. Aun así, son insuficientes para que el sistema se reponga de los recortes de 2018, según el informe de la organización. Rodríguez explica que esto “provoca una sobrecarga en los centros de salud rurales, donde los responsables deben atender a una población envejecida, hacer guardias, realizar atención domiciliaria y, en muchos casos, ocuparse de varios consultorios”. Esta saturación límite conduce a la contratación de médicos sin una especialidad validada por el sistema español.
Los facultativos extranjeros sin una especialidad homologada no tienen un contrato fijo en un centro. La cubana Aymara Asprón cuenta que se les asigna un consultorio local según las necesidades. Presentó los papeles para convalidar su título de médico general cuando llegó al país en noviembre de 2024 y recibió la confirmación en junio de 2025. Desde que obtuvo la certificación, ha cubierto la baja de uno de los dos médicos titulares de El Hoyo de Pinares (2.179 habitantes), al sureste de Ávila.
A diferencia de Quezada, Asprón no planea hacer el MIR ni homologar su formación en Atención Primaria, que practicó durante casi tres décadas en Santiago de Cuba. “Con 56 años, qué especialidad voy a estudiar”, dice. La convalidación del título puede durar hasta siete años. La asociación Homologación Justa Ya, conformada por 5.000 profesionales tanto extranjeros como nacionales, defiende que los trámites sean ágiles y justos. “Los especialistas extranjeros no estamos pidiendo que se nos regale nada que no nos hayamos ganado con estudios universitarios equiparados a los españoles”, sostiene por correo electrónico un portavoz. Una vez que regrese el médico titular, Asprón tendrá que rotar a otro consultorio. Confiesa que no le gustaría moverse porque se ha encariñado con los pacientes.
Otro problema de la España vaciada es la ausencia de facultativos con distintos perfiles en los centros de salud. “Cuba tiene muchos años de retraso comparado con España, pero cuando era médica de familia allí, cada 10 días asistía al consultorio un pediatra o un oftalmólogo”, recuerda. Considera que esta solución podría reducir los cuellos de botella de los hospitales, aunque en general hay una falta de incentivos para atraer a los profesionales a los pueblos. Una encuesta de la OMC de 2022 reveló que nueve de cada diez médicos rurales asumen los gastos del transporte entre municipios.
Quezada no tiene inconveniente en trasladarse de un lugar a otro. Su semana empieza con Monteagudo de las Vicarías, continúa con Almaluez, sigue con Montuenga y termina en Arcos del Jalón. Recorre alrededor de 200 kilómetros al día. “Te acostumbras; también conducía durante más de una hora en Venezuela”. Lo que más escucha mientras circula son audiolibros. Acaba de terminar la Odisea. Como el héroe griego, una gran parte de su vida ocurre en el camino.







