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Salud universal

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La población mundial muestra poca uniformidad y sí muchas irregularidades que obedecen a factores geográficos, sociales, culturales, raciales, económicos, religiosos y políticos. Esas variantes influyen en la salud, expresándose en los distintos indicadores de mortalidad y morbilidad en las regiones continentales.

En la República Dominicana, nuestro sistema sanitario ha experimentado cambios sustanciales en las últimas décadas. Es cierto que la longevidad se ha incrementado, pero no es menos cierto que la morbilidad en los grupos vulnerables también ha aumentado. Los sectores urbanos de menos ingresos viven en barriadas carentes de agua potable, cuyos hogares han sido construidos cerca de cañadas, en lugares donde la basura se acumula y el servicio eléctrico es deficitario.

Hablar de salud universal sigue siendo un mito en los sitios donde la pobreza es endémica. En esas zonas es común que la educación no abarque a toda la niñez. Los programas preventivos de vacunación no logran una cobertura completa, en tanto que los cuidados de las embarazadas son de pobre calidad. El modo de vida de los grupos con altos ingresos difiere enormemente del de aquellos con bajo nivel económico. Las capas medias muestran mucha estratificación, por lo que resulta una ilusión estadística referirse a las condiciones de vida de los dominicanos sin tomar en consideración la capa social a la que nos estamos refiriendo.

En la segunda mitad del siglo XX se vendió la ilusión de una cobertura sanitaria para todas las familias; poco a poco, la realidad se fue imponiendo, al punto de que hoy contemplamos impotentes el cuadro dantesco que exhiben los pobres del campo y de las barriadas pauperizadas que comprenden los cinturones segregados de la ciudad. Llegamos a pensar en el idealizado médico familiar que llevaba las atenciones primarias a una zona determinada. Se hablaba de que más de las tres cuartas partes de los problemas sanitarios se podían no solamente atender, sino también prevenir a nivel hogareño. Afecciones tan comunes en la población adulta como la hipertensión arterial, la diabetes mellitus y el sobrepeso se podían detectar y manejar en sus etapas iniciales. La cruda y dolorosa realidad nos muestra el arribo a las salas de emergencia de pacientes que debutan con crisis hipertensivas, cuadros diabéticos insospechados y obesidad mórbida franca. Los accidentes cerebro-vasculares son el pan nuestro de cada día en las salas de emergencia. El esquema de vacunas infantiles que consiguió que la viruela fuera declarada erradicada en la población mundial amenaza, como un fantasma, con retornar bajo disfraz. El sarampión, la rubéola, las paperas y la varicela podrían reaparecer si continúa la desafortunada campaña de separar y reducir los esquemas de inmunización tradicional. La población migratoria irregular es otro reto sanitario que enfrenta la República Dominicana. Embarazadas e infantes haitianos no acceden oportunamente a los centros de emergencia por temor a ser detenidos y deportados en condiciones poco cristianas.

El mito de la salud universal seguirá siendo una quimera en tanto persistan las condiciones que generan tanta desigualdad en un mundo sanitario que se le ofrece en venta a todos y que muy pocos pueden comprar.

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