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Un médico que mira hacia adentro: Herbert Stern ingresa a la Academia Dominicana de la Historia

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Hay una labor hermosa en que un hombre cuya especialidad es la vista haya dedicado su vida académica a iluminar lo que nadie ha querido ver. Herbert Stern, médico oftalmólogo y cronista incansable de la historia de la medicina dominicana, ingresó esta semana a la Academia Dominicana de la Historia como Miembro de Número, ocupando el sillón K que perteneció al jurista e historiador Américo Moreta Castillo.

El acto, celebrado ante los miembros de la Junta Directiva y de número de la institución que custodia la memoria nacional desde hace casi un siglo, tuvo la solemnidad que el momento exigía. Pero el discurso de Stern rompió con el protocolo del elogio fácil: en lugar de recorrer batallas o presidencias, el nuevo académico llevó a su audiencia a un territorio que la historiografía dominicana ha ignorado con demasiada comodidad: el mostrador de la botica, el mortero del farmacéutico, el frasco de porcelana con rótulo en latín.

De las columnas de Acento a la Academia

Stern llegó a la historia por el camino de la medicina. Durante años ha publicado en Acento.com.do una serie de investigaciones sobre el desarrollo de la salud pública en la República Dominicana, rastreando archivos, prensa del siglo XIX y bibliografía especializada para reconstruir un pasado médico que los grandes relatos políticos habían desplazado al margen. Ese trabajo sostenido, de cada sábado, paciente como un diagnóstico, preciso como una prescripción, fue el que convenció a siete Miembros de Número de proponer su candidatura: Welnel Darío Félix, Eugenio Pérez Montás, Miguel Guerrero, José Chez Checo, Frank Moya Pons, Bernardo Vega y Manuel García Arévalo.

El discurso: una historia que olía a quinina

Para su ingreso, Stern eligió el período de la Segunda República, comprendido entre 1865 a 1916, y lo leyó desde un ángulo inédito: el de la farmacia como institución social. Su argumento central fue tan sencillo como contundente: en ausencia de un Estado capaz de garantizar salud pública, fueron los boticarios quienes sostuvieron el sistema.

El contexto que describió era inimaginable. La Guerra de la Restauración dejó una devastación sanitaria que las cifras expresan sin piedad: de las tropas españolas en la contienda, cerca de once mil murieron en combate y unos treinta mil fallecieron por enfermedad. El paludismo, la fiebre amarilla, el cólera y la tuberculosis se alternaban en oleadas sobre una población sin hospitales, sin regulación sanitaria y sin médicos suficientes. La epidemia de cólera de 1868 azotó Santo Domingo en medio del sitio militar de Buenaventura Báez —y fue, irónicamente, ese mismo aislamiento el que impidió que el brote se extendiera al resto del país.

Frente a ese vacío, el boticario no era un simple comerciante. Era, en palabras de Stern, «el primer y con frecuencia el único punto de contacto» de la mayoría de los dominicanos con algo que pudiera llamarse sistema de salud. Preparaba fórmulas magistrales, daba consejo médico, importaba productos europeos y conocía de memoria las plantas que el saber taíno, español y africano había legado a la isla.

El mapa de las boticas

Al leer el discurso, uno de los momentos más vívidos fue el recorrido geográfico que Stern trazó por las farmacias del país. En Santo Domingo funcionaban, entre otras, las boticas San José, Nacional, Salud, El Pilón, La Legalidad y la Farmacia Serrati. En Santiago operaban la Droguería del Cibao y las farmacias Espaillat, Los Campos Elíseos y La Reunión. En San Pedro de Macorís, La Macorisana fue establecida en 1880 por el licenciado Manuel Mallén y Ortiz. En La Vega, la farmacia El Carmen tenía como dueño a don Cristóbal Joaquín Gómez y Moya —llamado el ciego—, quien pese a su ceguera total atendía pacientes y ofrecía recetas gratuitas cuyos medicamentos se compraban en su propio establecimiento.

Puerto Plata mereció mención especial. Allí, el doctor Manuel Ramón Silva, médico cubano, rebautizó su botica con el nombre de La Malvina y publicó un aviso de prensa que Stern citó como «un documento admirable de ética profesional temprana»: prometía preparaciones «con severa sujeción a los preceptos farmacéuticos» y remataba con una frase que el académico rescató del olvido con evidente deleite: «no imploro el favor del público, solo me propongo inspirar confianza».

Lo que se vendía, lo que se prometía

Stern reconstruyó también el catálogo de remedios de la época con una minucia que es, en sí misma, historia social. Había específicos nacionales de factura ingeniosa: las píldoras antimaláricas del doctor Basilio Íñiguez, la Jalea Quinopéptica del doctor Carlos Arvelo, el Elixir Garres de Bernard Goussard —farmacéutico graduado en París—, el Kúmis contra la tuberculosis elaborado con leche fermentada que producía «una ligera embriaguez» en los primeros días, y el Le Rus, vomitivo secreto de una familia santiaguera al que también se atribuían propiedades contra la esterilidad.

Junto a esos productos criollos llegaban las importaciones: el Rob Boyveau-Laffecteur francés, creado en el siglo XVIII para tratar la sífilis; las Píldoras de Holloway inglesas; la Emulsión de Scott y el compuesto vegetal de Lydia Pinkham norteamericanos. Ya asomaban en el mercado empresas como Bayer, CIBA y Deschiens. La publicidad de todos ellos en la prensa dominicana, que Stern analizó con ojo de epidemiólogo, revela tanto las enfermedades que la población más temía como el nacimiento del marketing farmacéutico entre nosotros.

Espaillat: el boticario que gobernó

El centro moral del discurso fue Ulises Francisco Espaillat, figura que la historia dominicana recuerda como el presidente austero de 1876 —el que recortó su propio salario antes que el de sus subordinados y prefirió renunciar antes que ordenar un derramamiento de sangre— pero que Stern devolvió a su dimensión original: la de boticario formado en el rigor de la química.

Nacido en Santiago el 9 de febrero de 1823, Espaillat aprendió el oficio de su tío, el doctor Santiago Espaillat, fundador en 1837 de la Farmacia Normal de Santiago. Tomó la botica familiar a comienzos de la década de 1840, años antes de iniciar su carrera política. Médicos como Alejandro Llenas y Ramón Emeterio Betances ofrecían consultas gratuitas en ese espacio; el propio Espaillat rastreaba de qué barrios llegaban más pacientes en busca de determinados remedios, ejerciendo un temprano oficio de epidemiólogo.

«Quien sabe que con la salud de las personas no caben la improvisación ni la deshonestidad; tampoco las tolera cuando se le confía el destino de una nación».

Herbert Stern

La Farmacia Normal sobrevivió a guerras, golpes y transformaciones económicas. Integrada más tarde a la cadena Farmax, sigue activa en 2026 —uno de los pocos legados materiales del liberalismo decimonónico que la inestabilidad política no logró interrumpir.

En abril de este año, con motivo del sesquicentenario de su gobierno, la nación le otorgó a Espaillat, a título póstumo, la Orden del Mérito de Duarte, Sánchez y Mella, distinción hoy bajo la custodia de la Academia.

Un mandato, no un reconocimiento

Al agradecer su elección, Stern fue explícito: recibía el honor «no como un reconocimiento a lo hecho, sino como un mandato sobre lo que queda por hacer». La frase resume bien la trayectoria de un médico que eligió mirar hacia adentro de su propia historia nacional con la misma disciplina con que examina una retina: buscando lo que está ahí, aunque cueste trabajo verlo.

La Academia Dominicana de la Historia suma así a un académico que llega con un archivo propio construido artículo a artículo, botica a botica, nombre a nombre. La historia de la medicina dominicana tiene, desde esta semana, una silla en la institución que custodia la memoria de la nación.






Elvira Lora

Subdirectora

Periodista especialista en investigación, documentación y derechos humanos. Doctora en Periodismo & Comunicación de la #UAB. Productora transmediática y fundadora de una plataforma de periodismo feminista Ciudadanía Fémina.

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