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En este jet privado de lujo puedes pasar una noche sin ser multimillonario

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Bristol, InglaterraCNN — 

Subir a un jet privado suele requerir un patrimonio multimillonario, una membresía de vuelos chárter y tolerancia a las elevadas emisiones. Sin embargo, en un polígono industrial a las afueras de la ciudad inglesa de Bristol, un Boeing 727 de los años 60 ofrece ese mismo lujo retro, pero sin despegar nunca del suelo.

Conocido como PytchAir, este avión comercial retirado ha sido transformado por el empresario local Johnny Palmer en un alojamiento de unos 93 metros cuadrados (1.000 pies cuadrados) que funciona totalmente mediante una microrred energética.

Situado sobre una pila de contenedores de carga y capaz de generar más energía solar y eólica de la que realmente consume, el alojamiento ofrece a los entusiastas de la aviación acceso total a una cápsula del tiempo de los años 80, equipada con dos salas de estar, un dormitorio principal y una cabina de mando abierta donde los huéspedes pueden pulsar todos los botones que vean.

Sin embargo, el trayecto hasta allí dista mucho de parecerse a un viaje de ejecutivos.

—¡Ah, vas al aeropuerto internacional! —dice el conductor de Uber con sarcasmo, tras recogerme en la estación de tren y ver el destino en su aplicación—. ¿Hay fiesta allí?

—Espero que no —respondo, preocupada por si peligra la buena noche de sueño que tengo planeada.

—Siempre hay fiesta allí —dice el conductor—. Todos los fines de semana.

Al llegar al lugar una tranquila tarde de domingo, cualquier temor a una fiesta desenfrenada se disipó rápidamente. El único sonido era el suave zumbido de la turbina eólica cercana: un recordatorio silencioso del sistema de cero emisiones que alimenta la aeronave, en marcado contraste con la huella medioambiental de un jet en pleno vuelo.

Este Boeing 727 realizó su primer vuelo en 1967 y se incorporó a la flota de Japan Airlines en 1968. En 1981 fue reacondicionado como jet privado para personas extremadamente adineradas; voló durante tres décadas antes de ser retirado del servicio en 2012. A pesar de la excesiva opulencia ochentosa de su interior, es poco probable —aunque así lo indiquen los rumores— que alguna vez perteneciera al narcotraficante colombiano Pablo Escobar.

Una década después de su último vuelo, Palmer —activista y emprendedor— encontró el 727 en un cementerio de aviones en el oeste de Inglaterra.

“Siempre quise un avión”, dice Palmer. “Simplemente me parecen geniales. Pero lo que más me fascina es la ingeniería y la construcción de sus motores. Por eso mi objetivo era tener un avión que fuera totalmente mío, aunque no necesariamente uno que volara”.

Tras retirarles las alas y los motores, el fuselaje del 727 fue transportado por carretera hasta Bristol. Palmer compró el avión originalmente como un espacio de juegos para fiestas y pijamadas de sus hijos. Sin embargo, al cabo de unos años, cuando pasó la novedad, decidió anunciarlo en plataformas de alquiler a corto plazo.

No fue un éxito inmediato. Palmer cree que lo insólito del alojamiento disuadía a los clientes al principio.

“Las fotos son un poco raras”, comenta. “Creo que los primeros huéspedes se sentían algo nerviosos con todo el asunto”.

Es comprensible que duden al llegar por primera vez a esa ubicación industrial. Pero acercarse al 727 y bajar la escalerilla para subir a bordo resulta realmente emocionante. No importa que la moqueta esté desgastada; subir por una escalera privada a un avión marca la pauta de una experiencia al estilo “jet set”.

Pulsando botones

Por dentro, el avión parece enorme. Con una superficie de más de 90 metros cuadrados (unas 1.000 pies cuadrados), la distribución incluye dos salas de estar, un dormitorio principal con cama king-size, baño en suite con ducha, sofá, cocina totalmente equipada y la cabina de pilotaje original. Fiel al espíritu de la hospitalidad de primera clase, los armarios están bien surtidos de bebidas alcohólicas. Al conservar su decoración característica de los años 80, entrar en él es como retroceder en el tiempo.

Palmer confía en sus huéspedes y solo les pide que no roben objetos ni manchen las alfombras. Sorprendentemente, apenas se consume alcohol ni se producen robos, y este enfoque de no interferir da sus mejores frutos en la cabina de pilotaje, donde los huéspedes tienen total libertad para explorar.

La cabina de pilotaje es el lugar donde la ausencia de normas realmente hace su magia. ¿En qué otro lugar puedes entrar en un avión de verdad —aunque haya perdido las alas— y pulsar libremente tantos botones como quieras, durante el tiempo que desees? No es de extrañar que este sitio atraiga a tantos aficionados a la aviación.

Patrycja Chudzicka, encargada de preparar el avión antes de cada llegada de huéspedes, me cuenta que hace poco recibió a un piloto que trajo a su hijo para enseñarle el funcionamiento de los controles; algo imposible de hacer en una cabina de mando durante un vuelo real.

Aunque es un lugar ideal para grupos, pasar la noche aquí a solas puede resultar un tanto inquietante. Durante mi estancia un domingo por la noche, la zona estaba desierta y el lugar permanecía en silencio, salvo por el gemido del viento contra el fuselaje metálico. Cualquier inquietud se disipó gracias a un baño en el jacuzzi exterior y una sesión de sauna, antes de acomodarme para ver la televisión en la zona de estar.

Para quienes teman por la seguridad debido al aislamiento, Palmer me asegura más tarde que, gracias a los focos, las cámaras de seguridad y la alta valla perimetral que rodea la finca, el avión ofrece “un nivel de seguridad difícil de superar en Bristol”. No obstante, la peculiaridad del lugar es un aspecto que suele mencionarse en las reseñas.

“Decidí poner a propósito una foto del avión junto a contenedores de carga, e incluso incluí un contenedor de basura en primer plano, simplemente para dejar claro de qué tipo de lugar se trata”, comenta Palmer.

También señala que los huéspedes suelen comentar la antigüedad del interior de la aeronave. “Aunque nos ocupamos del mantenimiento —reparamos cosas constantemente—, es bastante antiguo. La razón principal para alquilarlo es precisamente que conserva el interior original de 1981. Si no fuera antiguo, no tendría el encanto que tiene”.

La sensación —como bien dice Chudzicka al día siguiente— es un poco como estar en un museo. El equipamiento es tan fiel al diseño original de los años 80 que encontrar los interruptores de luz adecuados puede parecerse a un juego de escape. Cuando un botón se desprende al pulsarlo, desisto de intentar apagar la luz del baño, consolándome con la idea de que, al menos, la energía que se desperdicia es renovable.

Dormí muy bien; la cama era comodísima. Al preguntarle por el origen del colchón, Palmer explica que conservó los originales precisamente por su gran comodidad. “Podrían tener 40 años, quién sabe”, añade. Para tranquilidad de los huéspedes, la ropa de cama es totalmente nueva.

Durante mi estancia disfruté de un tiempo perfecto, pero otros huéspedes se han quejado del calor en verano y de la falta de aire acondicionado; por eso hay dos grandes ventiladores portátiles orientados hacia la cama. Palmer me comenta que ya se está trabajando en una solución: un sistema oculto que impulsará aire frío a través de los conductos de ventilación originales, manteniendo intacto el interior de estilo retro.

Las quejas no han frenado las reservas del jet privado; de hecho, a veces resulta difícil encontrar fechas disponibles, sobre todo después de que la demanda se disparara cuando varios medios informaron que el avión había pertenecido a Escobar.

“No puedo asegurar que la historia de Pablo Escobar no sea cierta”, comentó Palmer. “Alguien me escribió diciendo que había visto una publicación en Reddit afirmando que el avión había sido propiedad de Pablo Escobar. Creo que la información acabó apareciendo incluso en Wikipedia, asegurando que se trataba del avión de Pablo Escobar. Esto demuestra cómo cosas que carecen totalmente de fundamento acaban convirtiéndose en verdades absolutas en Internet”.

El avión se puede reservar a través de Airbnb y Booking.com. Las tarifas suelen oscilar entre los US$ 340 entre semana y los US$ 680 los fines de semana. Palmer explica que fija deliberadamente precios inferiores a los de los hoteles de lujo de Bristol, con el objetivo de hacerlo accesible a familias con niños interesados ​​en la aviación. En Navidad, los precios superan los US$ 1.300.

Aun así, sigue siendo mucho más económico que un jet privado en funcionamiento. Además, sin turbulencias, sin desfase horario, con cero emisiones y con la reconfortante probabilidad de no estar durmiendo realmente en la vieja cama de un despiadado narcotraficante, es la forma perfecta de tachar de la lista de deseos la experiencia de alojarse en un jet privado; por no hablar de viajar 40 años atrás en el tiempo para recuperar esas millas aéreas perdidas.

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