El discurso oficial omite la contracara de la Argentina que el Gobierno exhibe ante el mundo. Mientras se llenan la boca hablando de crecimiento, empleo y lucha contra la pobreza, la calle dice otra cosa: cada vez más gente se ve obligada al rebusque para poder solventar los gastos de la vida cotidiana.
Vender comida desde casa, armar un puesto en la vereda, ofrecer productos en las redes sociales o sumar changas para completar los ingresos del mes, son algunas de las alternativas que crecen ante la caída del empleo formal.
Para quienes quedaron atrapados en la incertidumbre laboral, ya sea por despidos o por cambios en la contratación, emprender no implica apostar a un proyecto propio, sino la única salida -con suerte- para llegar a fin de mes. A ese mapa se suman los jubilados que, cobrando la mínima, se reconvierten en choferes de aplicaciones de movilidad, aunque eso les cueste la salud.
Los números le ponen dimensión a este fenómeno nefasto. Según un informe de la Universidad Nacional de Rosario, elaborado a partir de datos del INDEC, la informalidad laboral alcanzó al 45 por ciento de los trabajadores en el segundo trimestre de 2026, frente al 41,4 por ciento de fines de 2023. El 65,8 por ciento de los cuentapropistas urbanos trabaja en la informalidad.
En otras palabras, en doce meses, se sumaron al tejido laboral 348.000 trabajadores informales. No solo se trata de empleados sin registrar: también crece la cantidad de personas que deben procurarse sus propios ingresos sin estabilidad garantizada, aportes jubilatorios ni cobertura social.
La desocupación, mientras tanto, se ubicó en el 7,9 por ciento en el segundo trimestre, de acuerdo con el INDEC. No obstante, tener alguna ocupación no significa necesariamente que se pueda vivir de esa actividad ni contar con derechos laborales.
Semanas atrás, el presidemente Javier Milei aseguró que durante su gestión se crearon 500.000 puestos de trabajo y defendió que se contabilizara también el empleo informal. El «experto en economía» omite aclarar que la changa no cuenta como un trabajo, ya que no puede equipararse con un empleo estable que permita predecir ingresos.
En este escenario, el trabajo en aplicaciones de transporte y reparto como Rappi, PedidosYa, DiDi y Cabify, creció entre un 25 y un 30 por ciento en un año. Son cifras que exponen una transformación del mercado laboral, pero no necesariamente una mejora en la calidad del empleo.
La pregunta que surge ante el avance del cuentapropismo y que incomoda al modelo económico es, ¿qué clase de empleo está creciendo y en qué condiciones?
Detrás de las estadísticas hay un denominador común: el esfuerzo por sostener los ingresos. Cuando la informalidad crece y el empleo registrado retrocede, celebrar el aumento de los ocupados sin mirar cómo viven de su trabajo, evidencia el nivel del cinismo libertario.
En la Argentina actual, solo los ricos y poderosos tienen la vaca atada. Quien hasta hace poco cobraba un sueldo todos los meses, ahora depende de cada producto o servicio que logra vender. El país que alguna vez les ofreció un puesto en una planta industrial, una oficina o un comercio, hoy les exige sacar de la galera, sin recursos, un medio de supervivencia.
¿Cuántos laburantes pueden vivir dignamente de ese rebusque? ¿En qué condiciones transitarán los jubilados los últimos años de su existencia? Con la salud, la educación y el empleo en jaque, ¿qué futuro le espera a la Argentina? A la casta libertaria que gobierna en beneficio de unos pocos, claramente no le preocupa.








