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Psicología y Sociedad: Casinos para ricos, tragamonedas para pobres, dos caras del juego (3 de 4)

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La tarde moría ante el empuje inevitable de la noche. Dentro de la banca de apuestas deportivas y tragamonedas, el aire olía a café frío y rancio, mezclado con el olor del viejo aire acondicionado. Afuera, la avenida Nicolás de Ovando vivía el habitual desorden de esa hora. Peatones, pregoneros, carros de concho y guaguas se movían entre bocinazos, en franca competencia con los motores que circulaban agresivamente, como si cada conductor pudiera hacer lo que le viniera en gana, ante la indiferencia de las autoridades.

A sus cincuenta y ocho años, doña Altagracia trataba de adaptarse a la partida de sus hijos al extranjero. Se quejaba de que la casa le había quedado demasiado grande y de que la sentía como una prisión invisible. Por eso, encontró en la banca una oportunidad para llenar sus espacios vacíos. Allí conversaba, se tomaba un café y, durante unas horas, frente a una máquina tragamonedas que parpadeaba adornada con luces de neón, se olvidaba de su soledad, del bullicio de la avenida Ovando y hasta de los quehaceres de la cocina. Pero lo que ella no sabía era que aquello que había comenzado como una distracción casual de diez pesos estaba convirtiéndose en algo que escapaba a su voluntad: una dependencia que podía resultar más peligrosa que su propia soledad.

A esa misma hora, en una zona exclusiva de la ciudad, Eduardo, un empresario de cincuenta años, vestido con una camisa impecable y un reloj que costaba varios salarios mínimos, disfrutaba de una noche en un lujoso casino. Lo rodeaban el perfume caro, el whisky, la buena comida y todas las comodidades. —¡Veinte mil a la mesa! —se le oyó gritar. A Eduardo no le faltaba el dinero ni necesitaba ganar para pagar sus cuentas. Perder quinientos mil pesos no le impedía cumplir con sus obligaciones económicas. Sin embargo, necesitaba convencerse de que tenía el control. Su esposa, preocupada, había comenzado a advertirle sobre su dependencia del juego. —Yo no soy un jugador —le respondía él. Cuando finalmente reconoció que tenía un problema, ya era demasiado tarde.

A pocos kilómetros de allí, en un barrio popular, Ramón, de cuarenta y seis años, entró sigilosamente por la puerta trasera del colmado de Juan. Sacó del bolsillo el dinero que su esposa le había dado para comprar la cena. Introdujo la primera moneda y perdió. Introdujo la segunda y volvió a perder. Con la tercera, ganó. La máquina tragamonedas comenzó a sonar y Ramón sonrió. Aquella pequeña ganancia hizo algo mucho más poderoso que darle dinero: le devolvió la esperanza

En la República Dominicana, el juego de azar está tan normalizado como una actividad económica, recreativa y social que forma parte de la vida cotidiana, sin importar que derive en un grave problema de salud pública, mental, familiar y social. Se juega por igual en el casino ostentoso, en la banca de la esquina, en la maquinita del colmado o en la app del celular.

Para analizar el juego de azar como un problema de salud pública, conviene distinguir tres modalidades, los casinos, las bancas de apuestas deportivas y lotería y las maquinas tragamonedas, poque, aunque forman parte de una misma industria del juego, tienen características distintas en cuanto al público, el acceso, la frecuencia y los posibles daños económicos, familiares y psicológicos.

Por ejemplo, existen discrepancias en las estadísticas relativas al número de establecimientos dedicados a las distintas modalidades de juegos de azar, al volumen de dinero que estos movilizan y a la cantidad de personas que ya padecen ludopatía. Al respecto, datos de la propia Dirección General de Impuestos Internos (DGII) indican que, al año 2024, había 97,666 máquinas tragamonedas registradas, pero no hay datos sobre cantidad de máquinas ilegales que operan en sectores populares y cuya incautación forma parte de los operativos de las autoridades. Sobre esto, en 2024 la propia (DGII) reportó la incautación de 632 máquinas tragamonedas y otros 2,031 equipos utilizados para promover los juegos de azar. Ante estas cifras, es inevitable preguntarnos ¿buscan las autoridades combatir los efectos sociales y psicológicos de la ludopatía, regular una actividad económica o fiscalizar los equipos que escapan al pago de impuestos?

El juego es una trampa que no distingue clases sociales. Las luces de un casino que reciben a Eduardo y su riqueza alimentan la misma ilusión que los destellos de neón de las tragamonedas que, en la banca del barrio, consuelan la soledad de Doña Altagracia o que, en la parte trasera del colmado de Juan, alimentan la esperanza de Ramón. Detrás de cada apuesta casi nunca hay una búsqueda de riqueza, sino un intento de llenar un vacío, anestesiar la soledad, escapar de una deuda o borrar una pérdida. Y es en la pérdida de la dignidad, de la tranquilidad propia y familiar, e incluso de la propia vida, donde radica el verdadero peligro.

De hecho, la Organización Mundial de la Salud (OMS), reconoce que los daños asociados a las apuestas afectan tanto a quienes juegan como a sus familias y comunidades. Mientras, desde la psicología se advierte, que la expectativa de ganar, junto a la emoción por apostar y el deseo de recuperar lo perdido, puede mantener a la persona jugando, con el peligro de que tal conducta derive en alteraciones del sueño, ansiedad, irritabilidad y sentimientos de culpa.

Eduardo, Doña Altagracia y Ramon, creen que dominan el juego y que jamás perderán el control. Lo que no saben, es que la línea entre la diversión y la dependencia es invisible. De haber existido una verdadera política de prevención de parte del estado y la familia, ellos habrían aprendido el verdadero valor del dinero y no fueran victima de la publicidad que les promete que siempre ganaran, tendrían recursos cognitivos que les facilitaría evaluar su entorno para evitar que una ilusión no termine destruyendo la mente, la economía y quizás a los que más aman los tres.

Psicología y Sociedad: Ludopatía normalizada y pobreza. La banca de apuesta de la esquina (1 de 4)

Psicología y Sociedad: Juego Digital y Tragamonedas (2 de 4)

Psicología y Sociedad: Casinos para ricos, tragamonedas para pobres, dos caras del juego (3 de 4)

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