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La fe dominicana con Nuestra Señora de la Altagracia encontró un hogar en Roma

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Hay obras que son objetos artísticos y hay obras que, con el paso del tiempo, se convierten en acontecimientos históricos. El mosaico de Nuestra Señora de la Altagracia colocado en los Jardines Vaticanos en 2016 pertenece a esta segunda categoría. Su significado se renueva cada vez que un dominicano se detiene ante su imagen para recordar sus raíces y elevar una oración.

Este jueves 15 de octubre de 2026, el presidente de la República, Luis Abinader, la primera dama, Raquel Arbaje, y su comitiva visitaron aquel lugar. Las imágenes difundidas de la jornada muestran un momento de recogimiento ante la Madre y Protectora del pueblo dominicano. Allí se unieron en oración por la salud del papa León XIV, uniendo la devoción de nuestra nación con una intención compartida por la Iglesia.

Para quien escribe estas líneas, esas fotografías tienen un significado profundamente personal. Durante mi gestión como Embajador de la República Dominicana ante la Santa Sede tuve el privilegio de impulsar la iniciativa que hizo posible la presencia del mosaico. Ver hoy a las autoridades nacionales reunidas ante él permite apreciar la continuidad de una obra cuyo sentido trasciende a quienes participaron en su realización.

Junto a las fotografías de la visita presidencial, conservo y comparto una imagen de 2016 en la que aparezco con monseñor Gregorio Nicanor Peña Rodríguez, entonces obispo de Nuestra Señora de la Altagracia en Higüey, quien bendijo el mosaico. Son dos momentos separados por casi diez años y unidos por una misma devoción: la bendición de una obra destinada a permanecer y la oración de quienes encuentran en ella una expresión de su fe.

La colocación se realizó el 20 de mayo de 2016; la bendición tuvo lugar el 17 de noviembre de aquel año. Aquella jornada reunió a representantes eclesiásticos y diplomáticos, así como a dominicanos e italianos que acompañaron la iniciativa. Las fotografías conservadas permiten recordar tanto el acto religioso como la colaboración que hizo posible llevar nuestra imagen mariana hasta los jardines del Vaticano.

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La devoción altagraciana forma parte de la historia espiritual dominicana desde el siglo XVI. Mucho antes de que la República Dominicana existiera como Estado independiente, aquella imagen ya acompañaba la vida religiosa de los habitantes de nuestra tierra. Con el paso de los siglos, su veneración se transmitió entre generaciones y se convirtió en una de las expresiones más entrañables de nuestra identidad.

En torno a la Virgen se han reunido familias para agradecer, pedir consuelo y encomendar sus esperanzas. Esa cercanía explica por qué una representación suya en Roma posee un significado que supera el valor artístico. Para muchos dominicanos que viven lejos de su país, contemplarla es también una manera de sentirse en casa.

La realización del mosaico fue confiada a Progetto Arte Poli, de Verona, Italia. Sus artistas trasladaron a pequeñas teselas la imagen venerada por nuestro pueblo, uniendo la tradición del mosaico italiano con la iconografía altagraciana. La Virgen aparece recogida ante el Niño Jesús, mientras san José acompaña discretamente la escena. Los colores y la composición conservan la ternura y la serenidad que los devotos reconocen en la imagen.

El encuentro entre esas dos tradiciones dio a la obra una dimensión cultural y diplomática. La relación entre los pueblos se fortalece también mediante símbolos que permiten conocerse y reconocerse. En este caso, el trabajo de artistas italianos contribuyó a dar una presencia duradera a una devoción dominicana en el corazón de la Iglesia católica.

Los Jardines Vaticanos reúnen representaciones marianas vinculadas a distintas naciones. Su convivencia expresa la universalidad de la Iglesia y la diversidad de los pueblos que la integran. Nuestra Señora de la Altagracia participa de ese encuentro con su historia propia, inseparable de la vida espiritual de la República Dominicana.

Quienes se detienen ante el mosaico pueden descubrir algo de nuestro país. Quienes ya conocen la devoción encuentran un espacio para renovarla. Así, la obra continúa cumpliendo una función religiosa y cultural: invita a la oración y mantiene visible una parte de nuestra memoria nacional.

La visita del presidente Abinader y de la primera dama pone de nuevo ante la atención pública esa presencia dominicana. El recogimiento de la comitiva y la oración por el pontífice muestran que el significado del mosaico permanece vivo. Aquel proyecto de 2016 sigue sirviendo como punto de encuentro para la fe de nuestro pueblo.

Las responsabilidades diplomáticas tienen sus períodos y sus relevos. Las obras realizadas al servicio de una nación pueden prolongar sus frutos mucho después. Por eso, al contemplar estas imágenes, recuerdo con gratitud a quienes colaboraron para hacer posible el proyecto y a monseñor Peña Rodríguez, cuya bendición forma parte de su historia.

Entre la fotografía de 2016 y las de este jueves hay una continuidad que merece ser preservada. En la primera está la memoria de una iniciativa que comenzaba su vida pública; en las actuales, el testimonio de que sigue convocando a los dominicanos.

La historia también se construye con estos gestos: una imagen colocada con esperanza, una bendición, una oración compartida. En los Jardines Vaticanos, Nuestra Señora de la Altagracia recuerda que la fe dominicana encontró un hogar en Roma.

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