Cali amaneció este viernes vigilada por más de 11.000 uniformados y con las calles engalanadas con banderas de Colombia. La tercera ciudad más poblada del país se vistió de fiesta para la toma de posesión de Abelardo de la Espriella como presidente, un hito sin precedentes: por primera vez, un mandatario jura el cargo fuera de Bogotá. “Ha comenzado el tiempo de la recuperación del orden, la libertad y la autoridad”, anunció en su primer discurso. El presidente dio la orden de combatir a todas las estructuras criminales. “El Tigre ha llegado y sabrán lo duro que muerde cuando se trata de defender al pueblo colombiano”, gritó.
De la Espriella juró su cargo en un escenario inusual, el auditorio de una universidad donde suelen celebrarse conciertos. El recinto, con capacidad para más de 2.500 personas, se convirtió por unas horas en el centro de poder del país. Mientras el ya expresidente Gustavo Petro abandonaba serio la Casa de Nariño, autoridades internacionales e invitados del mundo político, empresarial y social se paseaban por las alfombras del teatro con sus mejores galas.

Tras el paseo de los jefes de Estado —el argentino Javier Milei fue vitoreado con fervor por un nutrido grupo de los acreditados como periodistas—, el nuevo presidente apareció con más de una hora de retraso, vestido de traje azul oscuro y camisa blanca, acompañado de su esposa y sus cuatro hijos, todos protegidos por guardaespaldas, ametralladoras y escudos antibalas.
Ya en el auditorio, y sin esas protecciones, De la Espriella recibió la banda de manos del presidente del Senado, Honorio Henríquez, y fue breve: “¡Firmes por la patria!”. Se transmitió el disparo de 21 salvas en su honor, realizado en Bogotá, y besó a su esposa, Ana Lucía Pineda.
En una esquina del escenario, una Virgen de Fátima rodeada de flores blancas observaba la ceremonia. Un rabino pronunció casi una oración y pidió poner a Dios por delante. “¡Viva Colombia y viva Israel!”, gritó. Luego habló un pastor evangélico que puso a todos de pie a orar. Después, un sacerdote católico. Y, por último, un monseñor.

Mientras hablaban esos líderes religiosos, antes de finalizar el acto protocolario, el presidente salió apresurado para llegar a un batallón militar cercano. Fue allí, ante decenas de soldados y generales formados en cuadro y con uniformes de gala, y no ante los congresistas ni el resto de autoridades, donde pronunció su discurso de investidura.
Lo primero que hizo De la Espriella fue agradecer a “Nuestro Señor Jesucristo” por sostener a Colombia “a través de una historia marcada por la violencia” y afirmó que llegaba “a cerrar un largo capítulo de resignación nacional”. Destacó el simbolismo de dar su discurso en el cantón militar Pichincha, se declaró presidente de todos los colombianos y reivindicó que su triunfo fue el de “la democracia colombiana”, lejos de “los modelos totalitarios bolivarianos”. En la “Patria Milagro nadie será perseguido por pensar distinto”, aseguró quien como candidato no concedió entrevistas a medios críticos.
Frente a decenas de militares con rostros inalterados, el presidente repasó los problemas que atraviesan Colombia, atribuyó parte de ellos a las “decisiones equivocadas” de su antecesor y prometió medidas en todas las áreas. Anunció una reforma tributaria, la eliminación del impuesto al patrimonio, la erradicación de cultivos de coca y la persecución del crimen organizado. Prometió a los trabajadores informales que se esforzará en incluirlos en la economía y los créditos, aseguró que fortalecerá energéticamente al país y se comprometió con la prosperidad del campo y sus campesinos. Juró acabar con la crisis en la salud y mejorar la educación, que jamás podrá ser “un instrumento de adoctrinamiento ideológico”. La batalla cultural está servida, advirtió.

El presidente de Colombia ha llegado hasta aquí por el margen más estrecho que ha dejado una segunda vuelta presidencial en 32 años: apenas 250.830 votos, o menos de un punto porcentual, de ventaja sobre Iván Cepeda, el candidato de la izquierda, la apuesta de Gustavo Petro para continuar con sus políticas. La tarde del 21 de junio se vivió un conteo de taquicardia, con Petro cuestionando en vivo las elecciones.
El Gobierno de El Tigre, como a De la Espriella le gusta llamarse, inaugura un experimento de ultraderecha inédito en Colombia: un abogado sin trayectoria política que se vendió como outsider y prometió desmantelar el establecimiento del que él mismo hace parte. Un hombre que desafió a las maquinarias partidistas con una estrategia de marketing. Colombia eligió presidente, pero también compró una marca, la suya.
Sus primeras decisiones, sin embargo, no corresponden a un outsider. Entregó las finanzas del Estado a un heredero de una de las dinastías conservadoras más antiguas. En la cancillería apostó por un militante del trumpismo MAGA que pasó dos décadas en la ONU, organismo al que hoy acusa de estar secuestrado por el “globalismo”. Y en salud eligió a la presidenta del gremio de empresas subcontratadas para sostener un sistema en crisis, que ella misma deberá regular.
Apoyos y ausencias
La ceremonia congregó a 10 jefes de Estado, dos vicepresidentes y 15 cancilleres, buena parte aliados regionales de derecha que comparten sus valores conservadores y su batalla cultural contra la izquierda. Por la mañana, De la Espriella sostuvo encuentros bilaterales con Milei, el chileno José Antonio Kast, el ecuatoriano Daniel Noboa, la delegación estadounidense y el rey Felipe VI.
Pero algunos vacíos en la lista de invitados llamaron la atención. Nayib Bukele, cuya estética y discurso de mano dura inspiró la campaña de De la Espriella; Keiko Fujimori, presidenta de Perú; y los presidentes de izquierda Lula da Silva, Claudia Sheinbaum y Yamandú Orsi.

También destacó el bajo rango de la delegación estadounidense. Ni Donald Trump, ni JD Vance, ni Marco Rubio viajaron a Cali. Trump envió una comitiva encabezada por el fiscal general interino, Todd Blanche, junto a la directora de la Oficina de Política Nacional de Control de Drogas, Sara Carter, y el asesor de Seguridad Nacional del vicepresidente, Cliff Sims: un perfil judicial, antidrogas y de seguridad, sin funcionarios de rango de jefe de Estado o de gobierno.
Tampoco asistió Petro, que sigue sin reconocer el resultado electoral, ni los congresistas del Pacto Histórico, que prefirieron liderar marchas en Bogotá, Barranquilla y Cali. Tampoco estuvieron los expresidentes Juan Manuel Santos y Ernesto Samper, excluidos de forma expresa de la lista de invitados. Álvaro Uribe, líder de la derecha colombiana, mantuvo dudas sobre su asistencia, pero finalmente apareció.
La elección de Cali refuerza uno de los mensajes centrales de campaña: gobernar desde las regiones y no solo desde Bogotá. En su entorno se insiste en que la elección del suroccidente no es solo simbólica, sino el punto desde el que el nuevo gobierno disputará terreno al narcotráfico, la gran batalla de todos los presidentes colombianos.
En el entorno del presidente electo se ha insistido en que la elección del suroccidente del país es más que puro simbolismo, es el punto desde el que el nuevo gobierno empezará a disputarle terreno al narcotráfico, la gran batalla de todos los presidentes de Colombia.
El lugar del acto fue, hasta última hora, motivo de disputa. De la Espriella quería posesionarse en una guarnición militar para reforzar su mensaje de mano dura junto a los uniformados. Pero el presidente saliente se lo impidió y ordenó que ninguna instalación militar o policial adelantara preparativos, amparado en que, hasta el último segundo de su mandato, seguía siendo el comandante supremo de las Fuerzas Armadas. Sostuvo que un civil debe posesionarse ante el pueblo y no ante las armas. Pero De la Espriella encontró la brecha para salirse con la suya.






