El Premio Nobel de la Paz lo otorga una comisión especial del Parlamento noruego. Por eso se entrega en Oslo y no en Estocolmo, como ocurre con las demás categorías (Medicina, Física, Química y Economía).
Como venezolanos, nos hemos sentido particularmente complacidos y orgullosos de que el premio de 2025 fuera conferido a María Corina Machado, a quien se le reconoció su persistente labor pacífica en pro de la consecución de la paz en nuestro país. De paso, esto le ha otorgado una estatura internacional que ciertamente contribuye mucho a la influencia política, tanto venezolana como universal, que posee actualmente.
Sin embargo, hemos venido observando la creciente polémica originada por el presidente Trump, quien tanto en 2025 como ahora ha expresado su decepción por no haber sido elegido cuando —según él— sus merecimientos superan a los de las favorecidas.
No deja de ser cierto que, para conferir este premio en particular, puede influir algún ingrediente político al decidir quiénes son merecedores o no, en función de la orientación política del Comité Parlamentario Noruego y de la situación internacional.
Es así como la elección de Adolfo Pérez Esquivel (Argentina, 1980) no solo representó un reconocimiento a su activismo en defensa de los derechos humanos en su país, sino que al mismo tiempo constituyó un evidente rechazo al gobierno militar argentino, cuya conducta en aquel momento era percibida como una ostensible violación de los mismos.
En 1983, el galardonado fue el polaco Lech Wałęsa, a quien se le reconoció el valor exhibido en la lucha contra los abusos que eran práctica común del gobierno comunista de su país.
En 1975, el premio fue concedido al destacado físico soviético Andréi Sájarov, quien, amparado en su enorme prestigio científico, se había dedicado a combatir la feroz restricción de las libertades en su país, a tal punto que ni siquiera se le permitió acudir a Oslo a recogerlo.
En 2023, el premio lo obtuvo la iraní Narges Mohammadi, en una clara demostración de apoyo universal a los derechos de la mujer, pisoteados en Irán desde el advenimiento del estricto régimen islámico en 1979.
Igual fue el caso de Amnistía Internacional en 1977, galardón que respaldó la evidente labor de la institución en favor de los derechos humanos, violados entonces —y también ahora— por muchos gobiernos.
En otras ocasiones, el premio fue concedido de forma conjunta a figuras representativas de opciones políticas irreconciliables que, sin embargo, lograron consolidar algunos progresos en favor de la paz mundial. Tal fue el caso de Henry Kissinger y el norvietnamita Lê Đức Thọ en 1973; el egipcio Anwar el-Sadat y el israelí Menájem Beguín en 1978; Yasser Arafat junto a Yitzhak Rabin y Shimon Peres en 1994; y Nelson Mandela y Frederik de Klerk en 1993.
Cierto es también que, en la mayoría de los casos, ha sido la figura individual del galardonado la que ha justificado la decisión: Madre Teresa (1979), Rigoberta Menchú (1992), Mijaíl Gorbachov (1990), Desmond Tutu (1984), Óscar Arias (1987), el Dalai Lama (1989), Kofi Annan (2001) y muchos otros.
Cierto es, asimismo, que el premio se concedió en 2009 a Barack Obama cuando apenas había asumido como presidente de los Estados Unidos y no había exhibido aún méritos relevantes, o a Juan Manuel Santos (2016), cuyo proceso de pacificación para Colombia terminó en fracaso.
Este año, la ganadora es la jurista sudafricana Navi Pillay, quien en su extensa carrera (tiene 85 años) exhibe una distinguidísima hoja de vida que incluye haber sido defensora de derechos humanos, alta comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (2008-2014), jueza de la Corte Penal Internacional (1995-2003) y presidenta de la Comisión Independiente de las Naciones Unidas para investigar la situación en Gaza, la cual en 2025 determinó que Israel había cometido actos de genocidio.
Los últimos dos cargos parecen haber sido determinantes para que esta misma semana Estados Unidos haya impuesto sanciones a todos los jueces y funcionarios de dicha Corte Penal (de la que ni siquiera es parte), la cual viene adversando desde hace tiempo.
Ha circulado con insistencia el rumor de que la señora Pillay pueda albergar sentimientos antisemitas. Este columnista solo tiene información de que ella sí suscribió el informe colectivo de la Comisión Independiente que presidió, en el que se afirma la perpetración de actos de genocidio por parte de Israel en Gaza, sin que estemos al tanto de otras acciones coincidentes que nos permitan ampliar o cambiar de opinión.
Lo que sí sería una lástima es que estas consideraciones opacaran el Premio Nobel de la Paz que con mucho merecimiento ostenta nuestra compatriota María Corina Machado, aun cuando le haya entregado la medalla respectiva al Sr. Trump en una decisión política cuyas implicaciones aún no podemos calibrar.








