Esto es lo se necesita para poner fin a la pandemia de COVID-19

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Opinión de Leana S. Wen de The Washington Post

El fin de la pandemia podría estar vislumbrándose en el horizonte. Así es. A medida que el auge de la variante delta pareciera estar mermando, ya que la cantidad de nuevos casos de COVID-19 en Estados Unidos ha disminuido más de un tercio desde el 1 de septiembre, la posibilidad de volver a la normalidad, aunque no está garantizada, pareciera estar al alcance.

¿Qué se necesita para que finalmente dejemos atrás esta crisis de salud pública? Para empezar, debemos aceptar que el COVID-19 llegó para quedarse en el futuro previsible. Una política de “cero COVID-19” no funcionará, como incluso ya ha admitido Nueva Zelanda, que hasta hace poco implementaba cuarentenas nacionales por un solo caso.

También debemos reconocer dos realidades. Primero, es poco probable que veamos que el virus se vuelva menos letal súbitamente. De hecho, las nuevas mutaciones podrían resultar en variantes más contagiosas y virulentas. La situación podría ser aun peor si estas nuevas variantes logran evadir la protección de las vacunas existentes.

En segundo lugar, aunque debemos seguir intentando lograr la inmunidad de la población mediante la vacunación generalizada, lo más probable es que no seamos capaces de reducir las infecciones a niveles mínimos en el corto plazo. Anthony S. Fauci, el principal experto en enfermedades infecciosas de Estados Unidos, ha dicho que el objetivo del país debería ser llegar a menos de 10,000 nuevos casos diarios. Eso sería fantástico, pero, siendo realistas, no creo que podamos lograrlo con solo alrededor de 57% de las personas estadounidenses completamente vacunadas, la falta de voluntad política para restablecer el uso obligatorio de cubrebocas y la llegada inminente de un clima más frío que llevará a la población a lugares cerrados.

Estas son las buenas noticias: a pesar de estas realidades, creo que con tres acciones clave podremos lograr que el COVID-19 pase de ser una crisis existencial a un problema manejable.

Primero, debemos tener vacunas disponibles para los niños más pequeños.

Si bien es cierto que las niñas y niños que contraen la enfermedad tienden a no enfermarse tanto como los adultos, cientos han muerto por el COVID-19. Más de una de cada cuatro nuevas infecciones ocurren en niños. Hasta que nuestros hijos puedan ser inoculados con una vacuna que reduzca sustancialmente la probabilidad de enfermedades graves, muchos padres —como mi esposo y yo— vivirán con la misma cautela que tendrían si ellos mismos no estuvieran vacunados.

Afortunadamente, es posible que no tengamos que esperar mucho más. La Administración de Medicamentos y Alimentos (FDA, por su sigla en inglés) ha programado una reunión para el 26 de octubre de su comité asesor, con el objetivo de revisar la vacuna de Pfizer para niños de cinco a 11 años. Suponiendo que Pfizer presentará su solicitud a tiempo y que la FDA considerará que la vacuna es segura y efectiva, este grupo de edad más joven podría comenzar a recibir dosis en Halloween. Pfizer también ha dicho que los datos para niños de entre seis meses y cuatro años podrían estar listos para finales de 2021, lo que hace posible la autorización para principios de 2022.

Segundo, necesitamos un tratamiento ambulatorio y oral para el COVID-19

Esto también está en el horizonte de un futuro no muy lejano. Merck acaba de anunciar que obtuvo resultados muy positivos para una píldora antiviral llamada molnupiravir que, al parecer, puede reducir las probabilidades de hospitalización o muerte en aproximadamente 50%. El molnupiravir se toma por vía oral dos veces al día durante cinco días, lo cual es mucho más conveniente que el tratamiento existente para el COVID-19 temprano, los anticuerpos monoclonales, que requiere de un centro de tratamiento especializado para infusiones intravenosas o una serie de inyecciones.

Para que no haya confusión, las píldora antivirales no serían una “cura” para el COVID-19, y obviamente es mucho mejor estar vacunado y no contraer el virus primero que todo. Sin embargo, hay alrededor de 70 millones de estadounidenses que hasta ahora han optado por no aplicarse la vacuna. Si tomar una pastilla significa que los pacientes infectados tienen la mitad de probabilidades de necesitar una cama de hospital, eso podría ayudar a aliviar la tensión en nuestro sistema de atención médica y salvar innumerables vidas.

Hasta ahora el molnupiravir solo ha sido probado en personas no vacunadas, pero también podría ayudar a disminuir la gravedad del COVID-19 entre quienes contraigan infecciones posvacunación. En un escenario ideal los investigadores también estudiarán esta terapia oral para ver si funciona para prevenir que alguien con una exposición de alto riesgo desarrolle COVID-19, del mismo modo que lo hace el medicamento Tamiflu con la prevención y el tratamiento de la influenza.

Además de Merck, otras compañías farmacéuticas, entre ellas Roche y Pfizer, ya tienen antivirales orales en las últimas etapas de ensayos clínicos. Eso significa que en unos pocos meses, una combinación de vacunación y tratamientos tempranos podrían lograr que el COVID-19 se parezca más a una gripe leve que a una potencial sentencia de muerte.

Tercero, debemos tener pruebas rápidas, gratuitas y fácilmente disponibles.

Los tratamientos antivirales y las infusiones de anticuerpos solo funcionan para prevenir complicaciones graves cuando se aplican al principio de la enfermedad. Eso significa que las infecciones deben detectarse lo más pronto posible. Además, alrededor de la mitad de la transmisión del coronavirus proviene de personas asintomáticas. Para controlar el COVID-19 hay que identificar a estos individuos antes de que ocurran futuras transmisiones, lo que también depende de las pruebas.

Sin embargo, a pesar del reconocimiento generalizado de la importancia del diagnóstico rápido y oportuno y la detección temprana, las pruebas siguen siendo una estrategia de control de infecciones enormemente infrautilizada en Estados Unidos. En este sentido, estamos muy atrasados con respecto a otros países. El Reino Unido ha puesto a disposición de todos sus residentes pruebas gratuitas, para que todos puedan hacerse la prueba dos veces por semana. Canadá ofrece pruebas rápidas gratuitas a los negocios. Singapur y Japón dispensan pruebas por un monto simbólico por mdio de máquinas expendedoras disponibles en todas partes.

Estados Unidos también puede hacer esto. Imaginemos que a cada familia se le suministraran pruebas caseras dos veces por semana para que se la aplicaran antes de que los niños salieran al colegio y los padres al trabajo. Imaginemos que se normalizara que los amigos y familiares utilizaran pruebas rápidas antes de reunirse para bodas, fiestas de cumpleaños e incluso cenas o tragos casuales. Junto a la obligatoriedad de la vacuna, las pruebas regulares podrían reemplazar la necesidad del uso de cubrebocas y el distanciamiento social en escuelas, oficinas y entornos sociales.

Desafortunadamente, no estamos ni cerca de lograr esto. El presidente estadounidense, Joe Biden, ha dicho que planea poner a disposición 280 millones de pruebas con un precio unitario de siete dólares. Como han dicho otros expertos, esto es “demasiado poco por demasiado dinero”. Afortunadamente la Casa Blanca ha escuchado las críticas y anunció el miércoles 6 de octubre que planea cuadriplicar la cantidad de pruebas caseras para diciembre.

La medida tiene que ir aún más lejos. Necesitamos un impulso para las pruebas tan grande como el que tuvimos en torno a las vacunas, con el objetivo de concretar suficientes pruebas como para que todos los estadounidenses se las apliquen al menos dos veces por semana. Agregando pruebas gratuitas y de fácil acceso, podríamos llegar a un punto en los próximos meses en el que el COVID-19 ya no sea una consideración importante al tomar decisiones sobre el trabajo, la escuela, los compromisos sociales y los viajes.

El fin de la pandemia no es un concepto esquivo. Salvo la terrible circunstancia de que se desarrolle una variante mucho peor, creo que ya dejamos atrás los días más oscuros del COVID-19. El virus podrá haber llegado para quedarse, pero con las herramientas adecuadas no hay necesidad de que siga dominando nuestras vidas.