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Brasil y la derecha latinoamericana con el triunfo de Lula

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El 25 de octubre de 2026 podría ser un antes y un después para los sistemas políticos de la región y para la dicotomía entre gobiernos etiquetados como de derecha o de izquierda. En su victoria electoral, Lula da Silva recuperó 6,63 puntos respecto a la primera vuelta y, en términos absolutos, pasó de 53.879.538 votos a 64.256.232 en la segunda vuelta.

Sin duda, habrá un análisis detallado que explique el resurgimiento de Lula en un período corto de tiempo, entre ellos, aspectos de comunicación, tecnológicos, sociales y de estructura política, pero conviene destacar, en este espacio, el significado de ese triunfo en términos regionales. El peso de Brasil en el Sur y en los resultados electorales quedó reflejado en las reacciones de mandatarios como Abelardo de la Espriella, el nuevo presidente colombiano que tomó el control de la derecha en su país, quien, a pesar de las diferencias políticas, manifestó su disposición a trabajar con el reelecto presidente brasileño.

La tendencia tras las elecciones en Ecuador, Chile, Honduras, Costa Rica, Colombia y Bolivia parecía indicar que las nuevas derechas tomarían el control de América Latina, incluido Brasil, con el respaldo del presidente Trump. Pero el resultado ha dado lugar a un panorama geopolítico equilibrado.

El siguiente ciclo de elecciones presidenciales en la región inicia en febrero de 2027 con El Salvador, seguido de Guatemala y Argentina; República Dominicana y Paraguay en 2028; y Panamá, Uruguay, Chile y Honduras en 2029. Quedan Nicaragua y Venezuela, en las que la complejidad de los contextos políticos deja en duda si habrá elecciones en 2027 y en qué condiciones. Además, la antesala de ese nuevo ciclo, a partir de lo ocurrido en Brasil, continúa el 3 de noviembre con las elecciones intermedias en Estados Unidos.

Es temprano para pronósticos que indiquen que el afianzamiento que logró la derecha entre 2024 y 2026 será revertido, pero sí es posible inferir que ese control pone más presión sobre el bloque para gestionar condiciones sociales más severas, mientras que Brasil le inyecta vida a una izquierda que se diezmó sustancialmente en los últimos meses, incluido en Honduras. Es difícil hablar del triunfo de Brasil bajo el concepto de un “cambio”, tratándose de un presidente electo por cuarta vez y con ochenta años. Pero sí es posible considerar que los cambios para la segunda vuelta ocurrieron en las formas de llegar al votante, adaptadas a una nueva realidad mundial. Ese es el desafío que tendrán sus homólogos en la región.

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