El correo llegó pocas horas después de cruzar Migración. El Ministerio de Turismo agradecía nuestra «estadía» en República Dominicana. Habíamos salido de nuestro propio país, con pasaporte dominicano, rumbo a un compromiso de trabajo. El sistema, aun así, había decidido que éramos visitantes. Ese pequeño error de etiqueta condensa un problema mayor sobre cómo el Estado dominicano mira a sus ciudadanos cuando los convierte en datos.
El eTicket es la pantalla que precede al mostrador. Reúne en un código QR lo que fueron tres formularios de papel: la tarjeta de embarque y desembarque, la declaración de aduanas y la declaración jurada de salud. Es gratuito, obligatorio y lo atraviesan más de once millones de personas al año, entre turistas, residentes y una diáspora que vuelve en diciembre y en verano. Langdon Winner escribió una vez que los artefactos tienen política: un puente, una represa o un formulario incorporan decisiones sobre quién manda y quién obedece. El eTicket reproduce con fidelidad el organigrama del Estado. Una sección para Migración, otra para Aduanas, otra para Salud Pública. Cada institución pide sus campos y el pasajero recibe la suma de tres burocracias en una sola pantalla. El flujo pertenece al funcionario; el teléfono, al ciudadano.
La nueva versión que Migración liberó hace poco prometía aliviar esa carga. En la práctica exhibe los síntomas de un prototipo. Al registrar la salida del país, el sistema ofrece generar también el ticket de entrada para el regreso. La opción aparece, admite selección y confirma. El código de entrada queda sin generarse. El viajero cree que lleva ambos y descubre el fallo cuando ya está de vuelta, en un aeropuerto extranjero, con conexión inestable y una fila detrás. Un formulario que afirma existir cuando ha fallado cuesta más confianza que un formulario ausente.
Hay un detalle técnico que explica buena parte de la ansiedad en las filas. Cuando el teléfono pierde señal por unos segundos, el nuevo portal muestra un aviso sobre la conexión del «socket» y la pantalla queda bloqueada hasta que se restablece. Ese comportamiento revela la arquitectura elegida: una aplicación que mantiene el estado del formulario en el servidor y lo sincroniza con el navegador a través de un canal permanente, de modo que cada campo escrito, cada botón pulsado, depende de una conexión viva. Es un patrón cómodo para el equipo que desarrolla, porque concentra la lógica en un solo lugar, y hostil para quien llena el formulario en un taxi, en la puerta de embarque o en un aeropuerto extranjero con wifi intermitente. Un servicio pensado para el pasajero funcionaría al revés: guardaría el avance en el propio dispositivo, toleraría la desconexión sin perder nada y hablaría en lenguaje humano cuando algo falle.
«Socket» es una palabra de ingeniero; «estamos guardando tu progreso, puedes continuar cuando recuperes señal» es una frase de servicio público. La diferencia entre ambas resume quién estuvo en la mesa cuando se diseñó el sistema.
Ese desperfecto delata un método incompleto de lanzamiento. Un servicio de esta escala exige pruebas por escenario real, pruebas de carga en temporada alta, pruebas en teléfonos de gama media sobre redes lentas y un despliegue gradual con piloto acotado. La banca dominicana opera así porque el regulador lo impone. Las aerolíneas también, porque un error cuesta vuelos. Migración ha demostrado que escucha: la versión anterior incorporó la creación de un ticket a partir de uno previo y los usuarios del foro institucional lo agradecieron. El problema actual está en el criterio que define cuándo un sistema está listo. Cuando ese criterio falta, el país entero se convierte en un laboratorio.
Volvamos al correo. Su existencia confirma que el dato migratorio de salida alimenta una campaña de envíos masivos de un ministerio que la propia norma del eTicket omite. El portal advierte que cada pasajero debe completar la información con veracidad «para la Dirección General de Migración, la Dirección General de Aduanas y el Ministerio de Salud Pública, según las leyes 285-04, 115-17, 72-02 y 226-06″. Tres instituciones, cuatro leyes, un mandato claro. El Ministerio de Turismo aparece en ninguna de esas líneas.
Shoshana Zuboff en su libro, The Age of Surveillance Capitalism: The Fight for a Human Future at the New Frontier of Power (PublicAffairs, 2019), describió cómo las plataformas privadas extraen excedente conductual de cada interacción para fines que el usuario jamás autorizó. Cuando esa lógica se instala en el Estado, el efecto es más grave, porque el ciudadano carece de la opción de rehusarse: el eTicket es obligatorio por ley y el pasaporte queda retenido en el mostrador hasta que el código aparece. El artículo 44, numeral 2, de la Constitución reconoce a toda persona el derecho a conocer qué datos suyos constan en registros públicos y privados, cuál es su destino y su uso, y a exigir su rectificación o destrucción cuando afecten sus derechos. La Ley 172-13 sobre protección de datos personales fija el principio de finalidad: los datos se recogen para un propósito determinado, su uso para fines distintos o incompatibles queda prohibido, y cualquier tratamiento adicional exige consentimiento informado del titular o una habilitación legal expresa. Las cuatro leyes que sustentan el eTicket habilitan el control migratorio, aduanero y sanitario. Una campaña de agradecimiento turístico carece de esa habilitación, y el consentimiento jamás fue solicitado.
Es cierto que la plataforma se coadministra con el Ministerio de Turismo a través de Viajero Digital, y que el intercambio interinstitucional puede tener sustento en el diseño. Aun así, el ciudadano tiene derecho a saberlo por adelantado, mediante un aviso de privacidad visible, y a decidir si acepta comunicaciones promocionales. Sin aviso y sin consentimiento, la garantía constitucional queda en suspenso. Y hay algo más sutil en juego. Un Estado que agradece la estadía a su propio ciudadano revela que su sistema de datos carece de una categoría para él. Lo ha reducido a flujo turístico, a unidad estadística de llegada y salida. El vínculo político entre la persona y su república se disuelve en una plantilla de marketing.
Esa disolución tiene raíces históricas. Durante décadas, la relación del dominicano con el aeropuerto estuvo marcada por la salida definitiva o el regreso temporal. El Estado aprendió a contar visitantes porque el turismo pagaba las cuentas, y desarrolló menos vocabulario para el ciudadano en movimiento. El eTicket hereda esa asimetría. La identidad digital podría corregirla: el pasaporte biométrico circula desde febrero de este año y la cédula acumula décadas de digitalización. Un formulario diseñado desde el ciudadano precargaría lo que el Estado ya sabe y preguntaría solo lo que cambia. Estonia y Singapur lo resolvieron con identidad interoperable. Los cimientos existen aquí; falta la decisión de construir sobre ellos.
Las implicaciones exceden el trámite. La confianza en los servicios digitales del Estado funciona como un ecosistema: cada falla visible reduce la disposición ciudadana a adoptar el siguiente servicio, y cada uso indebido de datos alimenta la sospecha sobre todos los demás registros. Un país que aspira a una economía basada en conocimiento necesita que sus ciudadanos crean en la infraestructura digital pública con la misma naturalidad con que creen en el agua del grifo. La realidad es que los dominicanos aún en 2026 no podemos beber agua de la llave.
El horizonte es alcanzable. Publicar el aviso de privacidad del eTicket y separar la base migratoria de cualquier campaña de comunicación. Habilitar un canal de reporte de fallas dentro del formulario, un modo de contingencia en los aeropuertos y métricas públicas de uso y error. Y, en el plano estructural, un equipo de producto permanente en Migración que trate el servicio como un organismo vivo que se corrige a diario, en lugar de un proyecto que se entrega y se olvida.
El correo del Ministerio de Turismo fue, a su manera, una lección. Nos recordó que un Estado se define también por la categoría que asigna a quien cruza su frontera. Cuando el sistema reconozca al dominicano como ciudadano y al dato como derecho, el eTicket dejará de ser un formulario y se convertirá en lo que debería haber sido desde el principio: la puerta de una república que sabe quién es su gente.








