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Cuando la salud mental se convierte en contenido

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Entre el silencio institucional y los psicólogos del algoritmo

La pandemia no creó la crisis de salud mental, pero encendió una alarma que durante años preferimos ignorar. En su primer año, la ansiedad y la depresión aumentaron un 25 % en el mundo. Actualmente, más de mil millones de personas viven con algún trastorno mental, según la Organización Mundial de la Salud.

Las cifras tienen rostro. La OMS estima que más de 720,000 personas mueren por suicidio cada año. En la República Dominicana se registraron 651 casos en 2024. Ese mismo año fueron contabilizados 71 feminicidios. No son acontecimientos aislados: detrás aparecen el sufrimiento psicológico, la violencia, el miedo, la desigualdad y, demasiadas veces, la falta de una respuesta oportuna.

Como psicóloga y comunicadora, celebro que finalmente hablemos de salud mental. Durante demasiado tiempo, acudir a terapia fue visto como señal de debilidad o locura. Las redes sociales han contribuido a romper silencios, visibilizar la violencia contra las mujeres y permitir que muchas personas reconozcan que necesitan ayuda.

El problema comienza cuando la salud mental deja de ser una causa y se convierte únicamente en contenido.

El algoritmo premia la seguridad, la rapidez y las afirmaciones contundentes. La psicología, en cambio, exige formación, evaluación, contexto y prudencia. Sin embargo, algunos influenciadores descubrieron que palabras como trauma, ansiedad, narcisismo, apego y relaciones tóxicas generan millones de reproducciones. Comprender el algoritmo parece haberlos convertido, de la noche a la mañana, en psicólogos digitales.

Entonces se diagnostica a una pareja en treinta segundos, se llama “narcisista” a quien actuó con egoísmo y se presenta cualquier tristeza como depresión. Se ofrecen recetas universales para historias que nadie ha evaluado. El sufrimiento se vuelve tendencia, la confidencialidad desaparece y cada herida necesita un nombre atractivo para circular.

No creo que debamos responsabilizar únicamente a quienes producen estos contenidos. La población busca respuestas porque las instituciones no siempre las ofrecen. Cuando conseguir atención psicológica resulta costoso, tardío o complicado; cuando una mujer denuncia y continúa desprotegida; cuando una familia no sabe dónde acudir ante una crisis, el teléfono termina ocupando el lugar del consultorio.

La salud mental nos concierne a todos, pero no todos poseemos la preparación para diagnosticar, intervenir o indicar tratamientos. Compartir una experiencia puede acompañar; informar responsablemente puede prevenir. Ambas acciones son valiosas. Lo peligroso es presentar una opinión personal como conocimiento profesional o sustituir la ayuda especializada por una consigna atractiva.

También quienes ejercemos la psicología debemos cuestionarnos. Si el lenguaje profesional no llega a la población, otros ocuparán ese espacio. No basta con criticar a los influenciadores: debemos comunicar mejor, educar, orientar y participar activamente en la conversación pública.

El algoritmo puede amplificar un mensaje, pero no le concede competencia profesional. Frente a una población que pide ayuda, necesitamos instituciones presentes, profesionales accesibles y comunicadores responsables. La salud mental no puede continuar siendo un contenido abundante y, al mismo tiempo, un derecho escasamente garantizado.


Por Ebony Lafontaine


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