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Marcelo Falo: trabajó en la campaña de Lula y revela las claves del triunfo en Brasil

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Tras ocho meses de trabajo territorial en diversos estados de Brasil, el analista político Marcelo Falo vivió desde adentro el pulso de una de las elecciones más reñidas y determinantes de la región.

En diálogo con este medio, previo a su disertación en la jornada sobre política y comunicación que se hizo en Villa María, analiza qué ocurrió entre la primera vuelta —donde la paridad y el desempeño de Jair Bolsonaro sorprendieron a muchos— y el balotaje definitivo que terminó consagrando a Luiz Inácio Lula da Silva.

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—Estuviste trabajando ocho meses en Brasil y viviste toda la previa y los días más intensos entre la primera vuelta y el balotaje. ¿Qué pasó para que la elección se diera vuelta de esa manera?

—Era una elección que desde el inicio se perfilaba muy pareja. Nosotros llegamos en marzo y trabajamos en varios estados con la mirada puesta en la campaña presidencial. Lo que veíamos era una gran paridad que podía inclinarse hacia cualquiera. Pero cuando la primera vuelta le dio el triunfo a Bolsonaro, apareció claramente un factor clave: el temor de la gente a que un Bolsonaro con el control de las dos cámaras legislativas también alcanzara la presidencia. Lo vimos en infinidad de grupos focales y en todas las encuestas. Surgió el miedo a la suma del poder público y a la aplicación de lo que allá llaman el “tesouraço” (el tijeretazo, el equivalente a la motosierra), con recortes en educación, salud y programas sociales. Ese temor movilizó una fuerza callejera y en redes sociales completamente orgánica. Fue una campaña ciudadana donde el partido de Lula tuvo menos protagonismo institucional y la gente tomó la posta para no permitir que Bolsonaro concentrara todo el poder.

—¿Ese giro se vio reflejado en todo el mapa de Brasil?

—Absolutamente. La reversión se dio en prácticamente todos los municipios. De los 5.500 municipios del país, solo en uno que había ganado Lula pasó a ganar Bolsonaro. En todos los demás, o pasaron a votar a Lula habiendo votado a Bolsonaro, o ampliaron la diferencia a favor de Lula, o achicaron la ventaja de Bolsonaro. Fue generalizado, en todas las regiones, y eso explica los más de 10 millones de votos adicionales que sumó Lula entre el primer turno y el segundo. Nadie imaginaba una virada de semejante magnitud, y el secreto estuvo en ese temor a los perjuicios de un poder absoluto.

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—¿Qué pasaba por la cabeza del electorado? ¿Hubo un cambio masivo de voto o incidieron otros factores?

—No hubo tanta gente que haya cambiado de voto directamente, porque de hecho Bolsonaro también sumó votos en la segunda vuelta. Lo que vimos en los estudios cualitativos y cuantitativos es que al principio había un cansancio con Lula: un dirigente que ya había gobernado, un balance de mandato que para muchos no había sido del todo bueno y una situación económica difícil. Frente a eso, parte de la sociedad estaba dispuesta a probar un cambio. Sin embargo, de cara al balotaje, los votantes de Lula que antes se habían quedado en su casa por desgano o compromisos dijeron: “No, vamos a votar, hay que garantizar el resultado”. Hubo tres millones de personas que no habían concurrido en primera vuelta y sí fueron al balotaje, sumado a un millón y medio de votos en blanco que se transformaron en votos positivos. En total se movieron unos 14 millones de votos nuevos: poco más de 3 millones fueron para Bolsonaro y más de 10 millones para Lula. El miedo a perder conquistas movilizó a esa masa electoral.

—Mencionabas la movilización ciudadana por fuera de la estructura partidaria. ¿Cómo se vivió ese fenómeno en las calles y en las redes?

—En la segunda vuelta el partido perdió protagonismo institucional y se convirtió en una campaña hiperciudadana y espontánea. La figura más visible en ese sentido fue el diputado André Janones, que saltó a millones de seguidores, pero fue apenas la expresión de muchas iniciativas ciudadanas no diseñadas. Yo nunca vi tanta gente movilizada en la calle entre una vuelta y otra: adultos mayores, personas con discapacidad, colectivos minoritarios. Salieron a defender lo conquistado bajo la premisa de que, si no lo hacían, venía alguien a pasarles por encima. Esa presencia orgánica en la calle le dio a la campaña una energía muy particular, con la esperanza de que Lula corrija errores y lleve adelante las políticas de desarrollo que el país espera.

—A diferencia de Argentina, allá el clima previo al sufragio es muy diferente respecto a la veda.

—Sí, la veda tiene otro sentido. Ni siquiera rige la ley seca; la gente puede salir de fiesta el sábado a la noche e ir a votar el domingo con total normalidad. Se permite portar insignias partidarias, banderas o las tradicionales “praguinhas” (adhesivos con los candidatos). Lo que está prohibido el día del comicio es el proselitismo activo, pero el sábado previo se viven enormes movilizaciones sin ninguna restricción de veda como la que conocemos acá.

—Pensando en los dirigentes que competirán el año que viene en la Argentina, ¿qué enseñanzas deja el proceso electoral brasileño?

—No tengo ninguna duda: escuchar lo que la gente piensa. Uno de los errores de la campaña inicial de Lula fue recostarse sobre el pasado, en su legado y en mostrar todo lo que le había dado a Brasil. Y la sociedad quiere hablar de futuro. Quiere que la escuchen en sus problemas cotidianos. La ideología sirve para posicionarse, pero el voto lo define lo concreto: el pan en la mesa, la educación de los chicos, el cuidado de los adultos mayores. La gran enseñanza para cualquier nivel —municipal, provincial o nacional— es triple: primero, no dar por perdida una elección hasta contar el último voto; segundo, si no escuchás a la gente, perdés; y tercero, la gratitud en política no existe. La gente nunca te va a votar por lo que ya hiciste; te vota si cree en lo que vas a hacer hacia adelante. Quien no preste atención a lo que la ciudadanía dice, tarde o temprano, en las urnas lo va a pagar.


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