La simple idea de adquirir un cerro entero porque sospechas que debajo hay una ciudad oculta es un poco locura, es como andar excavando porque una vaga pista te dice que por ahí se esconde el Santo Grial. Pero eso es justo lo que hizo Juan Vicente Vegazo Montes de Oca, un hacendado de Ubrique (Cádiz) que, según esta crónica, compró un cerro conocido como el Salto de la Mora.
No se hizo con los terrenos ni para cultivarlos ni para especular o dejárselos a los hijos, sino porque intuía que debajo de las piedras había algo más que piedras. Excavó hasta 1798 y acabó sacando a la luz una ciudad romana entera. Hoy es Bien de Interés Cultural.
Una viña como coartada. El botánico que copió su manuscrito fija la compra en 1792. Las guías la sitúan en 1793. El motivo, según ese texto, era la curiosidad por unos vestigios que asomaban en las tierras de Benafís el Alto. Vegazo plantó frutales y luego en 1793 plantó una viña, no solo por el vino: cada hoyo y cada cava le servía para adelantar los descubrimientos. Si no aparecía nada, pues le quedaban las uvas.
La Pompeya de la sierra. Y ojo porque la comparación tiene su miga. Según esta guía turística, Vegazo quería comprobar si quedaban restos de la ciudad y buscaba paralelismos con Pompeya, cuyas excavaciones empezaban a causar revuelo en Europa. Estamos hablando de 1792. Y Turismo de Andalucía lo define como un verdadero pionero: excavó varias estructuras y dejó por escrito sus hallazgos, entre ellos dos inscripciones dedicadas a los emperadores Antonino Pío y Cómodo. Revelaron algo que hasta entonces nadie sabía, cómo se llamaba la ciudad. “Ocuri”.
Un manuscrito fantasma. El original, de hacia 1795, se perdió. Sobrevive una copia de 1808. Fray Sebastián de Ubrique reprodujo el 63,5% del texto en su ‘Historia de la Villa de Ubrique’, de 1944. Y el botánico Simón de Rojas Clemente, que pasó por Ubrique en agosto de 1809 con el encargo de escribir una historia natural del Reino de Granada, copió esos papeles en su diario. Después los corrigió sobre el terreno.
Qué había debajo. La ciudad nació en el siglo VI a.C., o incluso antes, como un asentamiento ibérico. Alcanzó su esplendor en el siglo II d.C., ya integrada en el «conventus iuridicus gaditanus» de la Bética. Entre sus restos hay una muralla ciclópea, de bloques gigantes levantados a hueso, sin mortero, y remodelada en varias ocasiones.
También localizaron grandes cisternas para recoger agua de lluvia, un foro con vestigios de tabernas y viviendas y unas termas con vistas a Grazalema. Extramuros, como pedían las normas sanitarias romanas, se levantó un mausoleo con nichos para urnas. Vegazo lo tomó por un baño y el vulgo lo llamaba «la Mezquita». La estratigrafía del yacimiento abarca de la Edad del Bronce a al-Ándalus.

Más gente en la viña. Vegazo no excavó solo. En menos de 1 año subieron a ver las ruinas el académico de la Historia Domingo Traggia, que tomó las murallas por obra de moros, y el cura Simón de Zamora, entre otros. El abate Masdeu publicó las inscripciones en 1800. La primera identificación conocida de la estatua descabezada como Cómodo consta en una carta del anticuario Andrés Palacios, de septiembre de 1797. Y si echas un ojo al manuscrito de Vegazo, es de chiste: es un lamento constante por lo que le estaba costando todo aquello.
Se puso las botas. Vegazo retiró muchas de las losas originales del foro para decorar su propia casa, según la misma guía, y los restos de esa casa aún se ven en el yacimiento. Destruyó un mosaico para rebajar el terreno. En otra carta de 1798 admite que solo conserva 12 monedas; el resto se quedó allí. Según Urbipedia, la mayoría de los objetos hallados, estatuas y monedas de gran valor, se perdieron. En el siglo XIX, un anciano de Ubrique contó a un erudito que una de las cabezas de piedra acabó como mortero de un boticario. Todavía se buscan algunas piezas del expolio.
Más de 200 años después. Ocuri tuvo que esperar su turno. En los años 70, la labor del maestro Manuel Cabello Janeiro fue clave para su reconocimiento, y las excavaciones de Salvador de Sancha mostraron que varias culturas se asentaron en el cerro. Más tarde, la Mancomunidad de Municipios de la Sierra de Cádiz emprendió la consolidación de la muralla, con trabajos documentados desde 1997. El arqueólogo Luis Javier Guerrero Misa, autor de varios estudios sobre Ocuri, considera a Vegazo uno de los pioneros de la arqueología en Andalucía.
Su gran momento. Llegó en 2024. El equipo de la Universidad de Granada confirmó otra hipótesis de Vegazo: que la terraza central del cerro era el foro. Cuando llegaron, solo se veía un posible muro de cierre de 1 metro de alto y unos 16 de largo. Debajo aparecieron bases y fustes de columnas y restos de pedestales de estatuas, propios de grandes edificios públicos del Alto Imperio. Las cerámicas del norte de África alargan la ocupación más allá del siglo III d.C. y apuntan a rutas comerciales ligadas al Campo de Gibraltar. También se hallaron los cimientos de una posible estructura defensiva medieval.
El sello oficial. Ocuri se inscribió en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz como Bien de Interés Cultural, con la tipología de Zona Arqueológica. La resolución se publicó en el BOJA del 5 de abril de 2022. Hoy el enclave tiene mapa turístico, centro de visitantes y visitas guiadas por las calles que Vegazo empezó a desenterrar. También sufre vandalismo, como las pintadas de 2014. En cualquier caso, su ruta a pie se puede hacer en una mañana y es una maravilla.
Hoy, ilegal. Pocos décimos de lotería han dado tanto: una ciudad con nombre, foro, termas y más de 2.500 años de historia. Eso sí, lo que hizo Juan Vicente Vegazo hoy día supondría un delito: la Ley 14/2007 exige autorización previa para las actividades arqueológicas en Andalucía, y el artículo 323 del Código Penal castiga el expolio de yacimientos.
Imagen de portada | Ayuntamiento de Ubrique / Lebeauserge.es




